VIERNES SANTO

Ayer Pedro no se enteraba de nada en la última cena y ya hemos visto como ha seguido sin enterarse. En el huerto de los olivos ha sacado la espada para defender a Jesús y se ha llevado una nueva regañina y horas más tarde el miedo y la oscuridad se han apoderado de él y ha negado a Jesús. Pedro no podía comprender que Jesús escogiese libremente el camino del sufrimiento y del fracaso. Él como los demás discípulos se habían embarcado con Jesús porque les había prometido ser pescadores de hombres. Él se imaginaba una vida de éxito en el Reino de Dios. Mira desde lejos la cruz y se siente muy decepcionado. ¡Qué tres años perdidos! Recordaba todo lo vivido con Jesús, tantos milagros, tantas noches de conversación, la experiencia del Tabor y sus pasos sobre el agua.  ¿Cómo podía acabar todo así? ¿Cómo no le había dejado Jesús actuar para impedirlo? En la relación con Jesús el discípulo experimenta, como en todas las relaciones la decepción. Jesús no falla, lo que sucede es que no responde a nuestras expectativas. Jesús no responde a la expectativa de suprimir todo sufrimiento y dolor. Es cierto que ha realizado signos y que en la cruz somete el dolor y el sufrimiento a su señorío, pero eso no quiere decir que estos desaparezcan de la vida de lo seres humanos. En primer lugar él quiso cargar sobre sí todo nuestro sufrimiento y nuestro dolor. El nuestro y el de toda la humanidad. Hace unos días veía una película en la que decía un extraterrestre que somos una civilización peligrosa y que en 5.000 años de historia habían muerto una barbaridad de seres humanos. El sufrimiento de la humanidad es sobre todo fruto de nuestras decisiones, de nuestras envidias y rivalidades. El sufrimiento consecuencia de la enfermedad como el actual es un porcentaje mínimo. Y todo ese sufrimiento se lo echa encima de forma generosa y voluntaria Jesús nuestro Salvador. Y lo hace porque nos ama. Jesús no responde a la expectativa de vernos libres de todo sufrimiento y dolor pero sí lo hace a la necesidad de ser amados de verdad. Por eso e nuestro Salvador, un salvador que puede compadecerse de todo lo que nos sucede porque ha pasado por ahí, porque ha pasado por la prueba de obedecer en el sufrimiento respondiendo con el amor. No nos vamos a quedar mirando la cruz desde lejos sino que nos vamos a acercar a la cruz para besarla, como podríamos acercarnos a tantas camas de hospital para besar las llagas de Jesús en tantos enfermos. Para consolar a tantos que como los amigos de Jesús no pudieron un entierro digno. Creo que la coincidencia de esta crisis sanitaria con la Semana Santa nos ayuda a madurar en nuestra relación con el dolor, y en nuestra relación con Jesús nuestro Salvador sufriente. Para ver las lecturas pincha aquí.