SEMANA SÉPTIMA TO CICLO C DOMINGO

La Palabra de este domingo, empieza con las palabra de Moisés: “sed Santos porque, yo el Señor, vuestro Dios, yo soy santo”; y termina con las de Jesús: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.  En el Antiguo Testamento la santidad tenía un sentido de segregación. El Pueblo de Dios era diferente a los demás pueblos, porque su Dios no era como los dioses de los otros pueblos. Ellos tenían unos valores y una forma de vivir diferentes. Por eso se separaban de los otros pueblos, para no desviarse de ese camino. Raramente se casaban con no hebreos. El “ojo por ojo” ya era un avance muy importante respecto a la venganza libre de otras culturas.  Y en la primera lectura vemos ya una llamada a no guardar rencor aunque sea sólo con los parientes. 

En el Sermón de la montaña Jesús extiende el no rencor a los enemigos. Se rompe entonces esa segregación y esa separación porque todos son mi prójimo. El amor es para todos, no tiene fronteras. Recordad, Jesús no da una vuelta de tuerca sino que nos dice: “tú puedes amar hasta ahí, adelante, desarrolla toda tu capacidad de amar”. Me ayudó mucho un libro sobre la Santidad en el que explicaba que santidad no es igual a perfección sino a plenitud. Como Jesús emplea el término “perfectos” muchas veces se entiende así la santidad. Y hay quien al descubrir debilidades en la vida de los santos se decepciona porque piensan que son santos los perfectos, los intachables, los que no han fallado nunca. Sólo la Santísima Virgen María ha sido así.  La Santidad es esa plenitud en el desarrollo de la capacidad de amar hacia la que tendemos. Y Jesús añade “el ser como nuestro Padre”, el amor cristiano es nuestro ADN de hijos de Dios. 

El camino del perdón y del amor no es sencillo. Le decía una vez a una madre que había tenido a un hijo en la cárcel por una falsa denuncia de malos tratos, que perdonara a esa mujer que había denunciado, que el rencor era un veneno que se estaba bebiendo ella. Esto es muy sabio. Tener rencor es beberte el veneno que quieres que se beba el que te ha hecho daño. Ser capaz de liberarse del rencor es un síntoma de madurez afectiva, de sabiduría profunda y de libertad de espíritu. Y no todos poseemos esto. No podemos exigir a todos lo mismo. El amor a los enemigos requiere muchas veces un proceso de acompañamiento largo y trabajoso. No es tan sencillo como borrar con una goma algo mal escrito. De cara a esta Cuaresma seguro que podemos plantearnos algún reto en este sentido. El viernes los chicos de confirmación compartían lo que admiraban de Jesús. Casi todos admiran en Él su capacidad de perdón. Jesús es nuestro Maestro, el que nos enseña la asignatura más importante de nuestra vida, el amor. Feliz domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.