SEMANA VIGÉSIMO OCTAVA TO CICLO C DOMINGO

La semana pasada le pedíamos a Jesús que aumentase nuestra fe para poder orar con fe, con confianza de niños, sabiéndonos escuchados y sabiendo que “Dios sabe mas”. Y le preguntábamos: ¿Qué quieres de mí? Este domingo enfermos de lepra buscan una solución a su terrible enfermedad. Ruegan a Jesús ser curados y se fian de su palabra, sin ver la curación empiezan el camino hacia el sacerdote que era quien tenía que certificar su curación para permitirles hacer de nuevo una vida normal. En el caso de Naamán si leemos antes vemos que le costó obedecer y fiarse que con bañarse se curaría. Cuando experimentan la curación uno de ellos, que precisamente es samaritano (en esa época se llevaban muy mal) vuelve alabando a Dios e hizo algo insólito: se postró para adorar a Jesús. Naamán que también era extranjero, dijo que ya no adoraría a otro Dios. 

Alabar y adorar no es simplemente dar gracias. Cuando alguien como tú, otro ser humano te hace un bien, a no ser que estés bloqueado emocionalmente, te sale de forma espontánea un agradecimiento. No alabamos o adoramos a un igual, porque adorar es una actitud que implica reconocer que el otro es más que tú. Por eso se puede expresar con la postración (como se hace en el Islam). Pero cuidado, ese reconocimiento no implica una experiencia de humillación degradante. Porque lleva implícito que en él vivimos y existimos, porque nos ha creado y nos cuida con amor. Naamán vivía en una cultura politeísta y descubrió que no hay más Dios que el que lo había curado. Adorar es también reconocer que Dios es más que tú y que nadie es como él, nadie se puede comparar con él. 

La alabanza y la adoración no son una técnica de oración que se aprende y se pone en práctica. Ni siquiera son una forma de rezar o un estilo de oración. Son una verdadera actitud ante la vida, una forma de relacionarnos con el Dios que nos ama incondicionalmente. Son la consecuencia de una existencia sustentada en la gratuidad. Cuando superamos la religiosidad natural y abandonamos los ídolos de nuestras concepciones sobre Dios, nos encontramos con el Dios Amor, nos abandonamos confiadamente a Él y le amamos. Alabar no es más que tratar de expresar con gestos, palabras, cantos… esa respuesta al amor siempre más grande. Piensa hoy en cómo, cuando, dónde, y con quién alabas tu a Dios. Feliz domingo y bendiciones.