SEMANA VIGÉSIMO SÉPTIMA TO CICLO B DOMINGO

Ayer celebrábamos en la Parroquia unas bodas de plata. Dentro de unos años, si seguimos como vamos, celebrar unas bodas de plata será tan extraordinario como conocer a un niño Down. Fue una feliz coincidencia con las lecturas de este domingo que nos hablan de la belleza del matrimonio. Una realidad natural que encontramos en prácticamente todas las culturas y que se ha institucionalizado a lo largo de la historia con la clara conciencia de que es un bien para la persona en particular y para la sociedad en su conjunto. El matrimonio que para los bautizados ha sido elevado a la dignidad de sacramento, de forma que la vida de un matrimonio cristiano es un signo que hace presente en medio del mundo del amor de Dios.

La Palabra de Dios de este Domingo nos recuerda además algunas verdades sobre el ser humano que los creyentes no podemos negociar. En medio de la vorágine de la ideología de género el Génesis nos recuerda que Dios nos creó hombre y mujer. Y no hay más géneros, no somos lo que sentimos. Cuando una persona se siente una “mierda” yo tengo que ayudarla a ver que no “es” una mierda, sólo se siente así. Yo puedo y tengo que respetar si alguien se empeña en sentirse “género indiferenciado” (que no quiere definirse como varón o como mujer) pero respetar y tolerar no implica dar por verdadero lo que esa persona siente y negar que por naturaleza los seres humanos somos varones o hembras. Y respetar tampoco me impide pensar que los que no llegan a tener clara su identidad sexual necesitan ayuda, si quieren recibirla.

Otro tema delicado es el de la complementariedad de los sexos. El varón ha sido creado para la mujer y la mujer ha sido creada para el varón. Existe una complementariedad evidente desde la anatomía corporal hasta la psicologica. El cerebro es diferente y funciona de forma diferente. Estudios que avalan esto son censurados en los foros científicos y no se permite su publicación. No hay más que una sexualidad, la natural ordenada por el Creador que une a los esposos en una sola carne para expresarse el amor y ser fecundos. Por eso no existen personas heterosexuales y personas homosexuales. El Magisterio de la Iglesia habla de personas con tendencias homosexuales, nunca de condición homosexual. Y el Magisterio no se ha pronunciado aún sobre la cuestión científica que explique qué es esta tendencia. No ha afirmado explícitamente: “no se nace homosexual”. Como en el caso del género, nuestro deber es respetar y acoger a las personas que sienten atracción por el mismo sexo (AMS). Pero acoger no significa negar la verdad sobre la sexualidad. En la Iglesia hay servicios pastorales para ayudar a las personas que sienten AMS a vivir en castidad. Personalmente, y repito no es la postura oficial del Magisterio, me uno a la corriente que califica a la AMS de un síntoma (entre otros como la baja autoestima o la masculinidad herida) que es consecuencia de las heridas afectivo-emocionales de la infancia y la adolescencia. Se está estudiando (y esto es lo que el movimiento LGTB no acepta bajo ningún concepto y ha conseguido que esté prohibida esta ayuda) que sanadas las heridas de la infancia y la adolescencia, el adulto deja de experimentar esa atracción por su mismo sexo. Esto parece difícil de creer pero es cierto. Pero claro, esto no puede publicarse y yo bastante me estoy arriesgando escribiendo esto. Hace tiempo que comprendí que la Verdad me hace libre y yo no quiero vivir siendo esclavo de la mentira. Feliz domingo y bendiciones.