SEMANA VIGÉSIMO QUINTA TO CICLO B DOMINGO

Siempre que nos empeñamos en ser los primeros provocamos sufrimiento. A veces es muy burdo como en la política, a ver quién tiene más títulos académicos o más misiles y otra es muy sutil. En mi familia yo estuve mucho tiempo empeñado en ser el mejor hijo (somos cinco) esto lo hacía incluso sin darme cuenta, pero hizo mucho daño a mis hermanas. Este tema me toca mucho porque también yo he sufrido en otros ámbitos de mi vida por ser un segundón. Los apóstoles estaban también metidos en esta dinámica tan humana y tan dañina. Los niños son egocéntricos, se sienten únicos y el centro del universo y no empiezan a compararse hasta los 9 años. Ese es el ideal, el de reconocer que yo soy único y no me puedo comparar. No soy una pieza fabricada en serie sino obra en manos del alfarero. Cada uno somos una obra de arte y para ese alfarero que no hace chapuzas somos cada uno único y especial.

Además de esta verdad de vida espiritual que tanto nos ayuda a tener una sana autoestima, Jesús nos invita a dos cosas: a ser últimos y a acoger a los pequeños. Los discípulos no entendían a Jesús cuando les anunciaba que iba al último lugar, no les cabía en la cabeza. Es como cuando en la crisis económica un empresario que vivía en la cima se veía de la noche a la mañana sin nada. Muchos no pudieron soportarlo y se quitaron la vida o arrastran una depresión desde entonces. Jesús optó por estar con los últimos y desde allí elevar a todos. A veces nosotros ayudamos desde nuestra posición de arriba con una actitud de condescendencia. Esa no es la manera que tiene Dios de hacer las cosas. Una de las claves de la nueva evangelización que recordamos una vez más es la de estar atentos a los últimos, a los que acaban de llegar. Pensar en ellos y organizarnos para ellos.

Lo de acoger a los pequeños lo estamos viviendo estos días. En las Parroquias empezamos la catequesis y acogemos a los pequeños y a sus familias. Esta semana próxima será en nuestra parroquia. Acogemos a Jesús en cada uno de esos niños que quizá no vengan con la motivación perfecta para asistir a catequesis. No nos importa, la catequesis es una oportunidad para que Dios pase por la vida de sus familias. Ellos, los pequeños son un eslabón precioso que Dios aprovecha para llegar al corazón de los padres, a veces fríos y despegados. Con estas tres máximas empezamos el curso: soy único para mi Padre Dios, quiero pensar en los últimos y quiero acoger a Jesús en los pequeños. Feliz día y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.