DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Quiero resumir como otras veces lo que a lo largo de la Semana Santa ha ido aflorando en mi oración y mi predicación.

El Domingo de Ramos me centraba en el Salmo 21 y el abandono De Dios. La primera comunidad Cristiana vio en este Salmo una profecía del sufrimiento del Siervo. Analizando el Salmo completo vemos que Jesús oraba en la cruz con este Salmo haciéndolo suyo en toda su dimensión. No solo en la experiencia de la muerte que siempre es oscura y soledad absoluta, sino también en la confianza  que expresa al verse con un futuro de alabanza y más aún dando ánimos a los demás. Recordamos las Palabra de Isaías “aunque ella se olvide de ti yo no te olvidaré”.  Seguimos discerniendo nuestra imagen De Dios y nos adentramos en la Semana Santa con la ilusión de conocer a Dios que siempre es “un amor por descubrir”

El Jueves Santo leíamos los signos desde la clave de la víctima. En Egipto fueron víctimas todos los primogénitos para que el Publio De era libre. Y ese era el contexto de la última cena. En la Nueva Alianza que se anuncia será el Hijo único de Dios la víctima pascual. Es inaudito, no son nuestras víctimas las que nos reconcilian con Dios sino que es el mismo Dios el que s hace víctima por nosotros. En la Cena Jesús no va de víctima sino que s pone a servir. Nos muestra el camino para ser libres del victimismo: salir de uno mismo y amar. El que entra en la dinámica del amor entiende la Eucaristía en la que s hace víctima con Jesús  en amor para que toda la vida sea Eucaristía.

El Viernes Santo no encontramos en el Calvario. En la roca está clavada la cruz. Empezamos la Cuaresma con el propósito de dar firmeza a nuestra relación personal con Jesús, que es roca firme, para apoyarnos en Él. Pero ante la cruz nos topamos con el estandarte de la debilidad ¿Que apoyo puedo encontrar en un crucificado? Es la paradoja del amor. Para amar tenemos que confiar en el otro. Y sabemos que el otro no puede darnos un apoyo absoluto. En la relación con Jesús no nos ahorramos este paso. También en él tenemos que confiar. La relación con Jesús no es caminar sobre roca firme sino sobre el mar. Sin confianza no podemos ir con Él, con este  Siervo tan débil que parece que no puede hacer nada por nosotros. Ante la cruz, abrazándola, una vez más decíamos: Jesús confió en ti.

La liturgia de esta noche nos lleva hasta el sepulcro excavado en la roca, sellado con una gran piedra. Dentro está el cuerpo de Jesús. Como grano de trigo en la tierra esperando dar fruto. Pero la tierra no puede contener al sol, la muerte no puede atrapar a la Vida. Jesús ha bajado al infierno y ha derribado las puertas y ha cogido de la mano a Adán y Eva y a todos los que esperaban la redención. Y ha salido del sepulcro victorioso, su humanidad ha sido glorificada, su muerte no ha sido en vano. Tanto amor (no victimismo) pone en marcha un proceso imparable de Resurrección. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Sobre Jesús se levanta la Nueva Jerusalén, sobre Él, desde nuestro bautismo, se va construyendo una escalera entre el cielo y la tierra. Cada vez que confiamos en él, y andamos sobre el agua, y nos arriesgamos a amar lavando los pies, subimos un peldaño.  Nuestra capacidad de amar madura. Cada pequeña o gran muerte en nuestro día a día, se torna en vida nueva, vamos siendo transformados, nuestro corazón se ensancha. Dios es siempre un amor por descubrir, y nuestra capacidad de amar siempre es una aventura, cada herida, cada tentación, cada prueba, es una oportunidad para resucitar. Nos quedan por delante cincuenta días de fiesta; para bailar con el resucitado que danza en el infierno. Hasta allí llega La Luz que va a ir invadiendo a cada uno de nosotros, a cada una de las dimensiones de nuestra vida. Esa luz es el Espíritu Santo el dulce huésped del alma al que empezamos a dejar moverse una vez más en nosotros hasta que nos emborrachemos de él en Pentecostés. Feliz Pascua y Bendiciones. Para ver las lecturas poncha aquí.