FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO B

Ayer los magos llegaban a Jerusalén preguntando dónde estaba el Rey de los judíos que había nacido y hoy ya lo tenemos con treinta años bautizado en el Jordán. Este momento en la vida de Jesús tuvo el significado de su unción mesiánica. Los reyes eran ungidos con aceite el día en que empezaban a reinar. En el caso de Jesús no hubo ni siquiera aceite, la unción fue espiritual. Vino sobre Él el Espíritu Santo para poder realizar su misión con su poder, para pasar haciendo el bien. Desde este momento, y de esta forma tan sencilla y tan desconcertante, Jesús es el Mesías, el ungido, el esperado.

En este episodio se manifiesta no sólo el Hijo y el Espíritu sino también el Padre que dice que ese Carpintero de Nazaret es su Hijo en quien se complace. El Padre proclama que está encantado con su Hijo amado. Desde nuestro bautismo cada uno de nosotros somos hijos e hijas amados de Dios. Esta palabra resuena en nuestro interior cada día cuando hacemos silencio y conectamos con él. Pero no todos los bautizados se sienten así de amados, no creen que Dios esté encantado con ellos. El problema desde luego no es del Padre. El no pude más que darnos su amor. Puede que haya un problema de conexión, que no conectemos con su corazón. O puede que el problema esté en nosotros. Nuestras heridas, nuestras malas experiencias en la vida nos llevan en ocasiones a sentirnos el hijo olvidado de Dios. Hay que saber combatir estos pensamientos negativos con las verdades de la fe. Hay que sanar heridas y hacer un camino de reconstrucción de nuestra vida para descubrir que todo ha sido para bien, que Dios no ha dejado de amarnos en ningún instante. A veces esto sucede de forma rápida por una gracia, pero suele ser lento y fruto de un itinerario espiritual.

Lo último que me sugiere la palabra de este día es recordar otro de los temas que suelo tratar y que hoy aparece muy claramente en las lecturas. Tanto en la primera como en la segunda se nos habla de la acción del Espíritu Santo en el Mesías. Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, manifestó la justicia a las naciones, no porque Él es bueno, sino porque el Espíritu Santo estaba sobre Él. Tampoco nosotros estamos llamados a ser buenos sino a dejarnos transformar por el Espíritu Santo para, con su poder, hacer lo que nosotros no podemos. La misión de Jesús fue en el poder del Espíritu Santo, la nuestra también. Cuidado con la moralina y los voluntarismos que tanto daño nos hacen. Pues con Jesús retomamos nuestra Misión con la fuerza del Espíritu Santo. Feliz domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.