FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Este año esta fiesta de la Sagrada Familia tiene para mí un sabor agrio porque he vivido muy de cerca una separación matrimonial. Son las primeras navidades que sucede esto y la tristeza es muy grande. Los últimos meses he escuchado muchas mentiras disfrazadas de buenismo: “si ya no es feliz con él…”; “todo el mundo tiene derecho a rehacer su vida…”; “por qué voy a tener que estar toda la vida con él…”; “cuando ya no hay amor no se puede hacer nada…”. Como he predicado varias veces a lo largo de este año vivimos tiempos de confusión y como Pilatos nos preguntamos escépticos: ¿Qué es la verdad? Hoy podemos preguntarnos: ¿qué es el amor?

El amor es la tarea más ardua de nuestra vida, la asignatura más dura de la carrera. Empezamos a existir unidos a la madre “sin separación” y poco a poco vamos creciendo y aprendiendo a ser nosotros mismos, a amar, a poseernos para poder donarnos. Anoche vi una película fiel retrato del amor inmaduro. Una chica le preguntaba a otra que había tenido “muchos novios” si no se había enamorado nunca. Y ésta le respondía que no, que se sufre mucho. Ahí está la raíz del problema, ese empeño desordenado en buscar una vida sin sufrimiento. Desde nuestra posición privilegiada hemos demonizado el sufrimiento. Y por la misma ecuación no permitimos vivir a un feto down o desconectamos a un enfermo terminal “para que no sufra”. Nuestra cultura del BIEN ESTAR nos tiene muy engañados y  esto nos impide amar. Porque no hay amor sin sufrimiento. La vida familiar es preciosa y dura a la vez. Mis padres tenían esto claro y no era un problema. Cuando yo era pequeño había una sola televisión en casa y los viernes se veía el “un dos tres” y los domingos “la casa de la pradera”. Cuando aparecieron las cadenas privadas la cosa empezó a complicarse y a discutir por manejar el mando de la tele. Ahora, para no discutir cada uno tiene su televisión en su cuarto. Es un ejemplo del nuevo modelo familiar más cómodo pero menos “amable”. Para evitar sufrimientos renunciamos al amor.

Como todos los seres humanos, Jesús también tuvo que crecer y madurar (lo dice el Evangelio de hoy). Aprender a amar. Tuvo unos padres estupendos, pero su vida no fue fácil, en su familia se sufría como en todas. Así aprendió a donarse, a amar aunque duela. Y en su cruz encontramos nosotros el libro del amor. En Jesús crucificado aprendemos que el amor sin sufrimiento no es posible. Que la plenitud del ser humano no está en el BIEN ESTAR, sino en el BIEN AMAR. Y que esto solo es posible cuando elegimos amar, elegimos al bien del otro en vez del nuestro, y esto no es un sentimiento, es un acto de libertad. Demos gracias por nuestras familias, escuelas del amor donde nos formamos en el amor y pedimos por nuestras familias cristianas par que puedan ser en verdad, y contra corriente, escuelas del amor verdadero. Feliz día y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.