SEMANA VIGÉSIMO SÉPTIMA TO CICLO A DOMINGO

Terminamos este ciclo de domingos de parábolas sobre la Viña. Hace dos domingos el dueño contrataba jornaleros a los largo del día y pagaba lo mismo a los últimos que a los primeros. El domingo pasado el padre enviaba a sus hijos a la viña y los publicanos y las prostitutas llevaban la delantera en el reino a los hijos que diciendo sí luego no van. Esta semana es la parábola de los viñadores homicidas. La primera lectura de Isaías fue un anuncio del destierro de Babilonia y nos sirve para profundizar en la relación de Dios con su pueblo según esta imagen de la Viña. Para los que hemos plantado algún tipo de cultivo y lo hemos cuidado esperando sus frutos sabemos bien lo que quiere decir. Ese árbol tiene una existencia unida a la nuestra, lo plantamos, lo cuidamos con amor y él nos da sus frutos. Podemos hacernos una idea de la decepción de Dios con su Viña de Israel que rompe la relación con el que es su origen, su padre, su dueño porque se apropia de los frutos de la vida y rechaza al que es la piedra angular.

Me fijo este domingo en “entregar los frutos”. La semana pasada nos planteábamos seriamente si queríamos o no ir a trabajar en la Viña como hijos. Hoy nos planteamos si queremos dar el fruto que Dios espera de nosotros. Lo primero que podemos preguntarnos es qué fruto es el mío. ¿Doy manzanas o peras? Se trata de descubrir cuál es mi talento, dicho en lenguaje bíblico, mi carisma. O en lenguaje coloquial, lo que a mí se meda hacer bien. Y no pensemos en lo estrictamente espiritual. San Pablo nos invita a tener en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito. Cada persona tiene un talento y unas capacidades y el secreto de la felicidad está en descubrirlo. Una vez descubro “esto es lo mío”, me pregunto ¿quiero entregar este fruto? ¿Lo quiero poner al servicio de los demás? No somos dueños de ese talento, nos ha sido entregado para regalarlo. Cuando nos lo apropiamos lo echamos a perder y llega la frustración de una vida infecunda. Queremos construir una comunidad vertebrada en ministerios donde cada uno ponga al servicio los carismas personales y que el Espíritu Santo le regala.

Y profundizando más en la Palabra de hoy descubrimos los planes de Dios. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo”. El dueño de la Viña arriesga la vida de su propio Hijo para recuperar la relación rota con la humanidad. Y después de que el heredero muera el Padre no reacciona como dicen los destinatarios de la parábola, no los hace morir de mala muerte sino que ofrece la Vida nueva a la humanidad.  Como dice San Pablo, la Paz de Dios sobrepasa todo juicio. Esta Paz de Dios que el mundo no entiende y que se pone en contra de sí mismo por nosotros.  Esto es lo que celebramos cada domingo en la Eucaristía. Fuera de Jerusalén fue crucificado el Hijo que vuelve vivo y glorioso cubierto con su sangre como el que pisa las uvas. Y no vuelve con el furor sino con la paz. Solo el que entrega la vida la puede recuperar. Feliz domingo y bendiciones.