SEMANA VIGÉSIMO CUARTA TO CICLO A

La semana pasada nos decía San Pablo que no debiésemos nada más que amor y este domingo nos encontramos cara a cara con la deuda que tenemos con Dios. La deuda de su perdón, impagable para nosotros porque es nada más y nada menos que la Sangre Preciosa de su Hijo Jesucristo. Cuando se cambió la traducción del Padre nuestro, antes decíamos perdónanos nuestras deudas, me pareció estupendo. Ahora me doy cuenta del sentido profundo de esa palabra. No se trata de una deuda cualquiera, sino de la del Perdón de Dios que ha sido expresado a la Humanidad en la entrega en la cruz del Hijo de Dios. Jesús entregó su vida en la cruz para saldar la deuda de nuestras vidas.

En la parábola leemos que al deudor no le quedaba otra salida que hacerse esclavo con toda su familia. Eso es como perder la vida, dejar de ser libre, perder lo más valioso. Pero él no se daba cuenta, no era consciente del valor de su libertad. Así vivimos muchas veces, sin valorar el tesoro de la libertad. Es necesario que toquemos fondo, hasta la adicción, el apego afectivo tóxico y la misma prisión, para apreciar el gran tesoro de ser imagen de Dios. Y Dios lo permite, permite que nos demos el batacazo, nos caigamos de nuestro YO, saboreemos los barrotes de la esclavitud, para que valoremos la dignidad que sólo Él nos puede dar: la de hijos e hijas amados de Dios.

Y afirmo que sólo desde esa dignidad se puede perdonar 100%. Podemos hacer todas las terapias que queráis (y son necesarias), el perdón es una gracia, es un regalo, un milagro que Dios hace en la vida de los hombres y mujeres con un corazón sano y libre. Cuando nuestra relación con Dios es real y profunda porque libremente lo aceptamos como el Señor de nuestra vida, somos suyos como dice San Pablo, porque dejamos de ser esclavos de nuestro yo para ser libres en Él, podemos perdonar como él, hasta setenta veces siete. Feliz domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.