OCTAVA DE PASCUA

Este segundo domingo de Pascua es el Domingo de la Divina Misericordia. La Fiesta que instituyó San Juan Pablo II para difundir por todo el mundo la devoción que Santa Faustiana vivía y que es un carisma para toda la Iglesia. Ella dirigió la pintura de  Jesús cuya mirada nos está acompañando este curso. Ella veía a Jesús glorioso con las llagas de su pasión en las manos y los pies y se la llaga de su costado sale esos rallos, uno blando y otro rojo. El Cuerpo Glorioso del resucitado lleva las marcas de la Pasión. Lleva las llagas para siempre como una prueba de su identidad, es el mismo que colgó de la cruz y como un recordatorio de lo que fue capaz de hacer por nosotros. Precisamente Tomás, el apóstol que  se perdió el primer encuentro con Jesús, decía que si no metía los dedos en las llagas y la mano en el costado no creería. No podemos separar la Resurrección de la Cruz, la vida de la muerte. El amor maduro es el que asume y acepta que entre nosotros siempre hay imperfección,  siempre hay vacío, siempre falta algo. No hay personas perfectas, sin heridas, con problemas para amar y ser amados. Y es precisamente en nuestra heridas donde necesitamos ser amados y desde ellas amar. Jesús no nos pide estar sanos y perfectos para amar, para slair de nosotros mismos. Y del mimo modo nosotros no podemos esperar a que el hermano esté perfecto, sanado para amarle. Igual que el Viernes Santo besábamos las heridas del crucificado, besamos este domingo las del hermano.  Y Dios nos conceda a todos la gracia de amar nuestras heridas y llegar a exclamar ¡BENDITAS HERIDAS!

 

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