SEMANA TRIGÉSIMO SEGUNDA TO CICLO C DOMINGO

Empiezo por el salmo de este domingo. La antífona es preciosa. Ayer la desgranaba con los niños en la Eucaristía (por cierto los términos que usamos son demasiado cultos). Cuando abramos los ojos, al despertarnos de la muerte, contemplaremos el rostro de Dios hasta hartarnos. El cielo se describe clásicamente como la “visión beatífica”,  ver a Dios. Es lo que ansiamos como dice otro salmo “¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? El semblante de Dios es Jesucristo, él le ha puesto rostro humano a su Misericordia. La felicidad que el día de todos los santos proclamaban las bienaventuranzas se ve colmada en la experiencia de la gloria, la comunión plena y para siempre con Dios.

Pero para ver necesitamos ojos. Job dice al final del libro “Veré a mi salvador, con estos ojos lo veré”. Veremos a Dios con los ojos que se formaron en el seno de nuestra madre. La Palabra de hoy nos recuerda algo que muchos católicos han perdido de vista. Creemos en la resurrección de la carne. La vida eterna de los cristianos no es un fundirnos con el todo superado el Karma. No somos budistas. Tampoco es una vida de fantasma vagando por ahí sin más. Nuestra corporalidad es redimida y, aunque permanece separada del alma un tiempo, resucitará y participará de la humanidad glorificada de Jesús, la que ya disfruta la Virgen María. En mi Parroquia los chicos que acogen a la Santa Misa lo han hecho con un photocall muy curioso. Poniendo nuestro rostro a Jesús resucitado. Toda una parábola de lo que la Palabra de Dios hoy nos dice.

Dos conclusiones podemos sacar de esta verdad. La primera es que no despreciamos el cuerpo. Es templo del Espíritu Santo y por eso lo cuidamos y cuidamos de no faltar a su dignidad. No dejo de acordarme de la niña que ha muerto con 12 años después de participar en un botellón. El ocio de moda es evasión pura y castigo para el cuerpo. La sexualidad inhumana de la pornografía, la prostitución, el maltrato físico y las relaciones sexuales sin alma, no son propias de personas creadas como imagen y semejanza de Dios. Y la segunda conclusión es que cuando muramos nuestros cuerpos deben quedar esperando la resurrección. No es coherente con esa fe esparcir las cenizas después de la cremación o dejarlas en la casa de los familiares o en joyas colgadas al pecho. Es interesante al respecto leer la normativa que hace unos días se ha publicado. En la vida y en la muerte somos del Señor. En esto, como en otros aspectos, nos  estamos comportando como paganos sin fe. Tantos que no creen necesitan de nuestro testimonio.  Feliz domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.

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