FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO A

En el salmo de este día hemos cantado que el Señor bendice a su pueblo con la paz. Y en la segunda lectura habla de la paz que traería Jesucristo. Podemos pensar que esa paz se representa en la paloma que viene sobre Jesús, que es un símbolo del Espíritu Santo. Ciertamente Jesús es ungido con el Espíritu Santo para un ministerio de liberación y de consuelo. Aparece en la primera lectura cuando dice que no quebrará la caña cascada y no apagará el pábilo vacilante, que sacará a los cautivos de la prisión. La Misión mesiánica que comenzó en este momento se fue llevando a cabo en este estilo. Dice San Pedro en su discurso del día de Pentecostés que Jesús pasó haciendo el bien. 

Pero digo que la paz va mucho más allá de la justicia entre los pueblos, y el bienestar de las personas. Se trata nada más  nada menos de la paz entre el cielo y la tierra.  Cuando Jesús se bautizó dice el texto que se abrió el cielo. Esta afirmación es muy importante. Con el nacimiento de Jesús que hemos celebrado estos días hemos visto cómo se han empezado a unir el cielo y la tierra. Que Jesús viene a hacer del cielo la tierra. Y al comenzar su misión se nos revela que al salir Jesús no ha cerrado la puerta y la ha dejado abierta para volver Él con toda la humanidad redimida y reconciliada con Dios. Es el Hijo amado que sale de casa a buscar al hermano menor que se ha perdido para llevarlo a los brazos del Padre. 

Jesús escucha unas palabras que son el núcleo de su buena noticia: “Dios es nuestro Padre y nos ama”. Él es el Hijo amado, el predilecto. Desde el día de nuestro bautismo nosotros también estamos escuchando estas palabras, las escuchamos si nos sumergimos en la presencia de Dios y hacemos silencio en nuestro corazón. Los niños con los que hago oratorio en catequesis cada semana lo escuchan. La Paz que tanto buscamos y que tantos creen que encuentran en tantas y tantas evasiones, es la paz de saberse amado y por lo tanto reconciliado con nuestro Padre Dios. Hasta la venida de Jesús el cielo y la tierra eran dos realidades separadas y que no se podían mezclar. Con su encarnación lo humano y lo divino están unidos para siempre. En estos tiempos en que nos gusta ver en todo tanta polarización (derechas e izquierdas, progres y carcas… hasta en la película de los dos papas) La Palabra de Dios nos invita a vivir en la paz de no tener enemigos y no hacer bandos, no buscar levantar muros sino puentes.  Feliz domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.