SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA

Me he despertado como los niños antes de que fuera de día. No hay nada en mis zapatos. Pero tengo la misma felicidad de los niños al ver sus regalos. He rebuscado entre os cajones y he encontrado fotos y recuerdos de hace veinte años. Del día en que fui ordenado presbítero. Es increíble cómo somos un disco duro donde los recuerdos están almacenados. La ver las fotos he revivido emociones de ese día. Recuerdo cómo me sentía, lo que pasaba por mi cabeza, como lo viví. Algunas de las personas que estuvieron allí ya están en el cielo y seguro que lo comentan y lo celebran con nosotros. Lina Marín, Ester Vargas, Loli su madre, Amelia, Alberto y Pepi, Luis el marido de mi prima, Mis tíos Juan y María Dolores, El Tío Lázaro, Juan Ríos, Luis María Martín, D. Pedro Cámara y el mismo D. Santiago que nos dejó hace unos días. Todos con mi Padre en el cielo celebran todo lo que Dios ha hecho en la vida de tantos.

El lema de mi ordenación fue: “ay de mí si no evangelizara” (1Cor 9, 16).  Puse el acento en el aspecto misionero al soñar lo que iba a ser mi ministerio. Ya entonces tenía claro que quería ser un sacerdote de la Nueva Evangelización, que no se evangeliza sin el poder y la acción del Espíritu Santo, que era necesario un primer anuncio explícito y comprensible del amor de Dios manifestado en Cristo muerto y resucitado. Recuerdo que predicaba que teníamos que ser estrellas,  no para que los demás se nos quedaran mirando, sino para señalar donde está Jesús. Y así ha sido con errores y aciertos, con pecado y con gloria para Dios. Miro para atrás y doy gracias por todo, por todo. Dios ha sabido utilizar absolutamente todo para bien.

Me encuentro en un momento de mi vida precioso. Superada la crisis de los cuarenta, en plena madurez del ministerio. Revisando hasta el fondo mi forma de vivir el sacerdocio. Soñando con una Iglesia donde el liderazgo sacerdotal se viva en equipo, no sólo entre los curas, sino sobre todo con los laicos y siguiendo el modelo del “sanador herido”. Y queda mucho, más de lo que llevo. No he llegado ni a la mitad. Lo que me espera hasta la meta es apasionante. No me he cansado porque muchos, muchos, más de los que yo sé y conozco me sostienen. Como los magos de nuevo me postro ante Jesús y le ofrezco lo mejor de mí. Mi vida entera hecha una ofrenda. El oro de mi tiempo, el incienso de mi alabanza y la mirra de mis heridas sanadas para sanar a otros. Feliz Epifanía  bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.