SEMANA CUARTA CUARESMA CICLO B DOMINGO

La Palabra hoy nos presenta el otro éxodo del Pueblo de dios menos conocido que el de Egipto llevado a las películas. Se trata de la etapa de la deportación a Babilonia, el exilio. Setenta años de profunda crisis: ¿nos ha abandonado Dios, ya no se acuerda de su alianza? Los profetas ayudaron a reconocer que el exilio fue una consecuencia de haber elegido las tinieblas a la luz. En Babilonia suspiraban por Jerusalén con el salmo que hemos rezado y añoraban la vuelta. Esa vuelta fue posible porque Persia se impuso al Imperio Babilónico y el nuevo rey Ciro decretó su vuelta a Jerusalén. Para muchos este Rey encarnó casi un mesías que no tuvo más que firmar un papel.

Nosotros somos peregrinos en tierra extraña. Nuestra verdadera patria es el cielo como solemos decir. De Dios venimos y a Dios vamos y en esta tierra somos peregrinos, estamos de paso. En el fondo de nuestra alma anhelamos, como los Judíos en Babilonia, volver a nuestra patria. Anhelamos estar en el seno de la Trinidad. Como la imagen que acompaña este post. Esta imagen me parece preciosa. Dios anos acoge no como un ser humano fuerte y triunfante que ha conseguido un premio sino como el ser humano herido que somos. El Padre nos sostiene y el Hijo besa nuestras heridas. Llegaremos a Dios no como fruto de nuestros logros, sino por puro amor, gratis. Como dice San Pablo “por pura gracias estáis salvados”. Como el pueblo judío clamaba por la salvación del destierro, nosotros clamamos en nuestro interior por la salvación de nuestra situación de postración de la que no podemos salir solos.

Y hemos sido escuchados porque Dios, que tanto ama al mundo, envió a su Hijo, y lo entregó por cada uno de nosotros. Puede aparecer la duda sobre el amor de Dios. A todos alguna vez nos asalta la duda, la tentación. Para liberarnos de esa duda que parece algo sin importancia fue elevado Jesús. Seguimos mirando a la Cruz y contemplando en ella el estandarte del amor de Dios. Este domingo he animado a mis feligreses a escribir una carta a alguien que necesite que le digan “Dios te ama tanto, tanto…”. La experiencia del amor de Dios no es un regalo para guardar sino para compartir. Esas cartas hacen y nos hacen mucho bien y son una forma sencilla de ser discípulos misioneros. Os animo a hacerlo. Feliz domingo y bendiciones. Para ver las lecturas pincha aquí.